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El mar ignorado
Por Jorge Carlos Brinsek (*)
Si mañana, por esas cosas de la Providencia, se diera el pleno empleo en la Argentina (en cifras reales, claro, no las del INDEC), las empresas productoras se encontrarían con que sólo el 20% de la mano de obra activa del país, tiene la formación adecuada para asumir los desafíos de la tecnología de última generación, donde mandan las computadoras más que el sudor de la frente. Igualmente, si el país pasara a producir alimentos primarios por excelencia para asistir a un mundo todavía en buenas partes hambriento y necesitado, terminaríamos comiendo trigo y soja en el desayuno, almuerzo, merienda y soja, porque no habría manera material de poder enviarlo a exterior en tiempo y forma para hacer su venta competitiva. No es culpa de los Kirchner, hay que dejarlo en claro. En todo caso la actual administración profundizó el problema, pero no lo creó. De la mano de Carlos Menem, se hicieron añicos las escuelas técnicas, se pulverizaron las redes ferroviarias otrora las más desarrolladas y orgullosas de America latina, y se dio un golpe lapidario a la educación estatal subordinando el futuro de las nuevas generaciones argentinas a los que los padres de los educandos pudieran pagar en los tres niveles de enseñanza. Puesto en letras de molde: abuelos e hijos que se educaron formidablemente en colegios y universidades del Estado hoy se ven forzados a enviar a sus hijos y nietos a establecimientos privados que han crecido como hongos en los últimas años en forma inversamente proporcional al desbarranque de los centros públicos de enseñanza. Lo de abuelos y padres tiene una explicación. Las cuotas son cada vez más caras y como los padres no siempre pueden pagarlas, son los abuelos los que suelen hacer su aporte si desean un futuro mejor para sus seres queridos. O al menos para que tengan los días indispensables de clase sin toparse con prolongadas huelgas, matizadas con asambleas, movilizaciones, marchas y una serie de controvertidas acciones en donde la esencia madre del “maestro” ha dado paso a la del “trabajador” de la educación. Parece que no, pero hay una gran diferencia entre uno y otro. Como la hay hoy entre los padres que hasta trompean a los educadores si le hacen repetir el grado a su chico…y pierden el subsidio por escolaridad. Pero, como siempre lo decimos en esta columna, esa es otra historia. En estos días el país ha perdido mucho más de lo que el común de la sociedad imagina o tomó conocimiento. Perdió –al menos hasta el envío de este despacho porque el problema no fue resuelto, unos cien millones de dólares- pero perdió mucho más en confianza en el mercado internacional. Como consecuencia de una bajante sin precedentes en los últimos 40 años del río Paraná, el estratégico puerto cerealero de San Lorenzo, en Rosario, quedó virtualmente inmovilizado, con todas sus terminales inactivas, a causa de que un buque de bandera liberiana encalló obstruyendo por completo la navegación para navíos de gran porte, tanto aguas arriba como debajo de ese vital curso fluvial. Hay que señalar que el puerto San Lorenzo es una de las arterias fundamentales que alimentan el corazón de la economía argentina. De ahí se despacha casi el 40% de las exportaciones totales de cereales y soja del país, el 73% de sus subproductos y el 68% de los aceites. Hace más de una semana que eso no funciona provocando trastornos inimaginables para el grueso de la comunidad que, sin enterarse de lo que pasa o sin comprender el problema, tarde o temprano sufrirá sus consecuencias. Es simple: el 90 por ciento del comercio del mundo, y por ende de una nación como la nuestra, se mueve por el agua. Y por cada barco que carga o descarga, además de divisas, vitales para una economía como la soportamos, siempre con la soga al cuello, hay miles de empleos directos o indirectos que se mueven a su alrededor: desde quien siembra, el que cosecha, el que transporta, el que acopia, carga el combustible, el que provee alimentos para los que trabajan, el que estiba…y un sinfín de actividades conexas, directas o indirectas. Y todo en un momento crucial cuando precisamos de las cosechas colocadas en el exterior como el agua. Y por cierto, hablando de agua, sin tener en cuenta una sequía que privará al país de percibir entre 5.000 y 7.000 millones de dólares. ¿Qué hacer cuando la naturaleza juega estas malas pasadas? Hay excelentes puertos en el litoral atlántico, como por ejemplo el de Necochea, preparados para hacer frente a estos imprevistos. Pero si no hay ferrocarriles, si fueron destruidos, es impensable trasladar la carga por camiones 1.000 kilómetros más abajo sin que el remedio sea peor que la enfermedad. Se puede producir lo mejor de lo mejor, en el mejor y más competitivo de los precios… pero si no hay como sacarlo, o si hacerlo resulta carísimo, es lo mismo que la nada. Es la falta de infraestructura o mejor dicho de la infraestructura perdida de la que hablamos al principio. El mar, del que todos dependemos aunque no nos demos cuenta, es el gran olvidado de los gobiernos. Y no solo de barcos se trata, sino de todo lo que hay arriba y abajo y a su alrededor. Brasil, Chile, Uruguay y hasta Paraguay lo han entendido así y fijan el desarrollo marítimo entre sus políticas fundamentales de estado. Será bueno tenerlo en cuenta antes de que sea demasiado tarde, y nadie quiera comprarnos siquiera un kilo de harina si no sabe cuándo la va a recibir, o lo que es peor –como los precios son en puerto de embarque – cuánto tendrá que pagar realmente por ella.
(*) Presidente del Consejo Editorial de Productora de Servicios Periodísticos SA (www.prosep.com.ar) |